ARTÍCULO
UNO:
La Naturaleza de la Enseñanza Social de la Iglesia
1.
La Iglesia como Madre y Maestra
2. La Misión de la Iglesia
3. El Mensaje Social de la Iglesia
4. El Objetivo de la Enseñanza Social de la
Iglesia
5. Evangelización y Enseñanza Social
de la Iglesia
I. LA IGLESIA
COMO MADRE Y MAESTRA
1. Madre y Maestra de pueblos, la
Iglesia católica fue fundada como tal por Jesucristo para
que, en el transcurso de los siglos, encontrarán su salvación,
con la plenitud de una vida más excelente, todos cuantos
habían de entrar en el seno de aquélla y recibir su
abrazo. A esta Iglesia, "columna y fundamente de la verdad",
(cf. 1 Tm 3, 15), confió su divino fundador una doble misión,
la de engendrar hijos para sí, y la de educarlos y dirigirlos,
velando con maternal solicitud por la vida de los individuos y de
los pueblos, cuya superior dignidad miró siempre la Iglesia
con el máximo respeto y defendió con la mayor vigilancia.
(Mater et Magistra, n. 1)
2. En efecto, es la Iglesia la que
saca del Evangelio las enseñanzas en virtud de las cuales
se puede resolver por completo el conflicto, o, limando sus asperezas,
hacerlo más soportable; ella es la que trata no sólo
de instruir la inteligencia, sino también de encauzar la
vida y las costumbres de cada uno con sus preceptos; ella la que
mejora las situaciones de los proletarios con muchas utilísimas
instituciones; ella la que quiere y desea ardientemente que los
pensamientos y las fuerzas de todos los órdenes sociales
se alíen con la finalidad de mirar por el bien de la causa
obrera de la mejor manera posible, y estima que a tal fin deben
orientarse, si bien con justicia y moderación, las mismas
leyes y la autoridad del Estado.
(Rerum Novarum, n. 16)
3. La doctrina de Cristo une, en
efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo,
alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente
desde las condiciones tran- sitorias de esta vida terrena hasta
las alturas de la vida eterna, donde un día ha de gozar de
felicidad y de paz imperecederas.
(Mater et Magistra, n. 2)
4. Nada, pues, tiene de extraño
que la Iglesia católica, siguiendo el ejemplo y cumpliendo
el mandato de Cristo, haya mantenido constantemente en alto la antorcha
de la caridad durante dos milenios, es decir, desde la institución
del antiguo diaconado hasta nuestros días, así con
la enseñanza de sus preceptos como con sus ejemplos innumerables;
caridad qué, uniendo armoniosamente las enseñanzas
y la práctica del mutuo amor, realiza de modo admirable el
mandato de ese doble dar que compendia por entero la doctrina y
la acción social de la Iglesia.
(Mater et Magistra, n. 6)
5. Así, a la luz de la sagrada
doctrina del Concilio Vaticano II, la Iglesia se presenta ante nosotros
como sujeto social de la responsabilidad de la verdad divina. Con
profunda emoción escuchamos a Cristo mismo cuando dice: "La
palabra que oís no es mía, sino del Padre, que me
ha enviado" (Jn 14, 24). Por esto se exige de la Iglesia que,
cuando profesa y enseña la fe, esté íntimamente
unida a la verdad divina (Dei Verbum, nn. 5, 10, 21) y la traduzca
en conductas vividas de "rationabile obsequium", obsequio
conforme con la razón (cf. Dei Filius, ch. 3).
(Redemptor Hominis, n. 19)
6. Pero el oficio de interpretar
"auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida
ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia,
cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo" (Dei Verbum,
n. 10). La Iglesia en su vida y en su enseñanza, y viene
revelada como "Pilar y valuarte de la verdad", (1 Tm 3,
15) incluyendo la verdad respecto a la acción moral. Igualmente
"la Iglesia siempre y en todo lugar tiene el derecho de proclamar
principios morales, siempre en el respeto del orden social, y de
hacer juicios acerca de cualquier aspecto humano, como es exigido
por los derecho fundamentales del hombre o por la salvación
de las almas" (Código de Derecho Canónico, Canon
747, n. 2). Precisamente sobre los interrogantes que caracterizan
hoy la discusión moral y en torno a los cuales se han desarrollado
nuevas tendencias y teorías, el Magisterio, en fidelidad
a Jesucristo y en continuidad con la tradición de la Iglesia,
siente más urgente el deber de ofrecer el propio discernimiento
y enseñanza, para ayudar al hombre en su camino hacia la
verdadera libertad.
(Veritatis Splendor, n. 27)

II. LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
7. Nacida del amor del Padre Eterno,
fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Espíritu
Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de salvación,
que sólo en el mundo futuro podrá alcanzar plenamente.
Está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres,
es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación
de formar en la propia historia del género humano la familia
de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la
venida del Señor. Unida ciertamente por razones de los bienes
eternos y enriquecida por ellos, esta familia ha sido "constituida
y organizada por Cristo como sociedad en este mundo" (cf. Efe
1, 3; 5, 6, 13-14, 23) y está dotada de "los medios
adecuados propios de una unión visible y social". De
esta forma, la Iglesia, "entidad social visible y comunidad
espiritual" (LG, n. 8), avanza juntamente con toda la humanidad,
experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser
es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse
en Cristo y transformarse en familia de Dios.
(Gaudium et Spes, n. 40)
8. La enseñanza y la difusión
de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora
de la Iglesia. Y como se trata de una doctrina que debe orientar
la conducta de las personas, tiene como Artículo Uno La Naturaleza
de la Enseñanza Social de la Iglesia consecuencia el "compromiso
por la justicia" según la función, vocación,
y circunstancias de cada uno. Al ejercicio de este ministerio de
evangelización en el campo social, que es un aspecto de las
función profetíca de la Iglesia, per- tenece también
la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar
que el anuncio es siempre mas importante que la denuncia, y que
ésta no puede prescindir de aquél, que le brinda su
verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más
alta.
(Sollicitudo Rei Socialis, n. 41)
9. Confesamos que el Reino de Dios
iniciado aquí abajo en la Iglesia de Cristo no es de este
mundo, cuya figura pasa, y que su crecimiento propio no puede confundirse
con el progreso de la civilización, de la ciencia o de la
técnia humanas, sino que consiste en conocer cada vez más
profundamente las riquezas insondables de Cristo, en esperar cada
vez con más fuerza los bienes eternos, en corresponder cada
vez más ardientemente al Amor de Dios, en dispensar cada
vez más abundantemente la gracia y la santidad entre los
hombres. Es este mismo amor el que impulsa a la Iglesia a preocuparse
constantemente del verdadero bien temporal de los hombres. Sin cesar
de recordar a sus hijos que ellos no tienen una morada permanente
en este mundo, los alienta también, en conformidad con la
vocación y los medios de cada uno, a contribuir al bien de
su ciudad terrenal, a promover la justicia, la paz y la fraternidad
entre los hombres, a prodigar ayuda a sus hermanos, en particular
a los más pobres y desgraciados (Pablo VI, Credo del pueblo
de Dios, n. 27).
(Libertatis Nuntius, Conclusión)
10. Como a la Iglesia se ha confiado
la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último
del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de
la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca
del ser humano. Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que
ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del
corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos
los alimentos terrenos.
(Gaudium et Spes, n. 41)
11. Por eso la Iglesia, enriquecida
con los dones de su Fundador, observando fielmente sus preceptos
de caridad, de humildad y de abnegación, recibe la misión
de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio
de todas las gentes, y constituye en la tierra el germen y el principio
de este Reino. Ella en tanto, mientras va creciendo poco a poco,
anhela el Reino consumado, espera con todas sus fuerzas, y desea
ardientemente unirse con su Rey en la gloria.
(Lumen Gentium, n. 5)
12. La Iglesia, como sabemos, no
existe aislada del mundo. Vive en el mundo y sus miembros, por consiguiente,
se ven influenciados y guiados por el mundo. Ellos respiran su cultura,
están sujetos a sus leyes y adoptan sus costumbres. El íntimo
contacto con el mundo, es con frecuencia objeto de problemas para
la Iglesia, y en el tiempo presente, estos problemas son extremadamente
agudos. La vida cristiana, motivada y preservada por la Iglesia,
debe cuidarse de todo cuanto pueda ser motivo de engaño,
contaminación o restricción de su libertad. Y debe
cuidarse como si buscase inmunizarse del contagio del error y del
mal. Por otro lado, la vida cristiana debe no sólo adaptarse
a las formas de pensamiento y de conducta que el ambiente temporal
le ofrece y le impone cuando sean compatibles con las exigencias
esenciales de su programa religioso o moral, sino que debe procurar
acercarse a él, purificarlo, ennoblecerlo, vivificarlo, santificarlo.
(Ecclesiam Suam, n. 37)
13. La Iglesia ofrece a los hombres
el Evangelio, documento profético, que responde a las exigencias
y aspiraciones del corazón humano y que es siempre "Buena
Nueva". La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús
vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y
la resurrección, la salvación para todos los hombres.
(Redemptoris Missio, n. 11)
14. Todo lo que es humano nos pertenece.
Tenemos en común con toda la humanidad la naturaleza, es
decir, la vida con todos sus dones, con todos sus problemas. Estamos
prontos a compartir esta primera universalidad, a aceptar las exigencias
profundas de sus fundamentales necesidades, a aplaudir las afirmaciones
nuevas y a veces sublimes de su genio. Y tenemos verdades morales,
vitales, que hay que poner de relieve y que hay que corroborar en
la conciencia humana, para todos beneficiosas. Dondequiera que el
hombre busca comprenderse a sí mismo y al mundo, podemos
nosotros unirnos a él.
(Ecclesiam Suam, n. 91)

III. EL MENSAJE
SOCIAL DE LA IGLESIA
15. La preocupación social
de la Iglesia, orientada al desarrollo auténtico del hombre
y de la sociedad, que respete y promueva en toda su dimensión
la persona humana, se ha expresado siempre de modo muy diverso.
Uno de los medios destacados de intervención ha sido, en
los últimos tiempos, el Magisterio de los Romanos Pontífices,
que, a partir de la Encíclica Rerum Novarum de León
XIII como punto de referencia, ha tratado frecuentemente la cuestión,
haciendo coincidir a veces las fechas de publicación de los
diversos documentos sociales con los aniversarios de aquel primer
documento. Los Sumos Pontífices no han dejado de iluminar
con tales intervenciones aspectos también nuevos de la doctrina
social de la Iglesia. Por consiguiente, a partir de la aportación
valiosísima de León XIII, enriquecida por las sucesivas
aportaciones del Magisterio, se ha formado ya un "corpus"
doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia,
en la plenitud de la Palabra revelada por Jesu- cristo (Dei Verbum,
n. 4) y mediante la asistencia del Espíritu Santo (cf. Jn
14, 16, 26; 16, 13-15), lee los hechos según se desenvuelven
en el curso de la historia. Intenta guiar de este modo a los hombres
para que ellos mismos den una respuesta, con la ayuda de la razón
y de las ciencias humanas, a su vocación de constructores
responsables de la sociedad terrena.
(Sollicitudo Rei Socialis, n. 1)
16. En medio de las perturbaciones
e incertidumbres de la hora presente, la Iglesia tiene un mensaje
específico que proclamar, tiene que prestar apoyo a los hombres
en sus esfuerzos por tomar en sus manos y orientar su futuro. Desde
la época en que la Rerum Novarum denunciaba clara y categóricamente
el escándalo de la situación de los obreros dentro
de la naciente sociedad industrial, la evolución histórica
ha hecho tomar conciencia, como lo testimoniaban ya la Quadragesimo
Anno y la Mater et Magistra, de otras dimensiones y de otras aplicaciones
de la justicia social. El reciente Concilio ecumé- nico ha
tratado, por su parte, de ponerlas de manifiesto, particular- mente
en la constitución pastoral Gaudium et Spes. Nos mismo hemos
continuado ya estas orientaciones con nuestra encíclica Populorum
Progressio: "Hoy el hecho de mayor importancia, decíamos,
del que cada uno debe tomar conciencia, es que la cuestión
social ha adquirido proporciones mundiales" (PP, n. 3). Una
renovada toma de conciencia de las exigencias del mensaje evangélico
impone a la Iglesia el deber de ponerse al servicio de los hombres
para ayudarles a comprender todas las dimensiones de este grave
problema y para convencerles de la urgencia de una acción
solidaria en este viraje de la historia de la humanidad. Este deber,
del que Nos tenemos viva conciencia, nos obliga hoy a proponer algunas
reflexiones y sugerencias promovidas por la amplitud de los problemas
planteados al mundo contemporáneo.
(Octogesima Adveniens, n. 5)
17. "La revelación cristiana
... nos conduce a una comprensión más profunda de
las leyes de la vida social" (GS, n. 23). La Iglesia recibe
del Evangelio la plena revelación de la verdad del hombre.
Cuando cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña
al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación
a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias
de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina.
(CIC, n. 2419)
18. La doctrina social de la Iglesia,
que propone una serie de principios para la reflexión, criterios
para el juicio y directrices para la acción está enfocada
en primer lugar a los miembros de la Iglesia. Es esencial que los
fieles interesados en la promoción humana tengan un conocimiento
firme de este valioso conjunto de enseñanzas y lo hagan parte
integrante de su misión evangelizadora
. Los líderes
cristianos en la Iglesia y en la sociedad, y especialmente hombres
y mujeres laicos con responsabilidades en la vida pública,
necesitan estar correctamente instruidos en esta enseñanza
para que puedan inspirar y vivificar la sociedad civil y sus estructuras
con la levadura del Evangelio.
(Ecclesia in Asia, n. 32)
19. Se revela hoy cada vez más
urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo
por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino
también por la exigencia de "dar razón de la
esperanza" que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y
complejos problemas. En concreto, es absolutamente indispensable
sobre todo para los fieles laicos comprometidos de diversos modos
en el campo social y político-un conocimiento más
exacto de la doctrina social de la Iglesia, como repetidamente los
Padres sinodales han solicitado en sus intervenciones.
(Christifideles Laici, n. 60)
20. Fiel a las enseñanzas
y al ejemplo de su divino Fundador, que dio como señal de
su misión el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (Lc 7,
22), la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación
humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo.
(Populorum Progressio, n. 12)
21. La Iglesia comparte con los hombres
de nuestro tiempo este profundo y ardiente deseo de una vida justa
bajo todos los aspectos y no se abstiene ni siquiera de someter
a reflexión los diversos aspectos de la justicia, tal como
lo exige la vida de los hombres y de las sociedades. Prueba de ello
es el campo de la doctrina social católica ampliamente desarrollada
en el arco del último siglo, Siguiendo las huellas de tal
enseñanza procede la educación y la formación
de las con- ciencias humanas en el espíritu de la justicia,
lo mismo que las iniciativas concretas, sobre todo en el ámbito
del apostolado de los seglares, que se van desarrollando en tal
sentido.
(Dives in Misericordia, n. 12)
22. Si, como hemos dicho, la Iglesia
cumple la Voluntad de Dios obtendrá para Sí misma
una gran provisión de energía, y además, le
iluminará la idea de dirigir esta energía al servicio
de los hombres. Se da cuenta claramente de la misión recibida
de Dios, de un mensaje que hay que difundir por doquier. De aquí
brota la fuente de nuestra tarea evangélica, nuestro mandato
de enseñar a todas las naciones y nuestra intrepidez apostólica
de esforzarnos por alcanzar la salvación eterna de todos
los hombres.
(Ecclesiam Suam, n. 64)
23. Ciertamente, no hay un único
modelo de organización política y económica
de la libertad humana, ya que culturas diferentes y experiencias
históricas diversas dan origen, en una sociedad libre y responsable,
a diferentes formas institucionales.
(Discurso a la L Asamblea General de la Organización de las
Naciones Unidas, 1995, n. 3)
24. La doctrina social, por otra
parte, tiene una importante dimensión interdisciplinar. Para
encarnar cada vez mejor, en contextos sociales económicos
y políticos distintos, y continuamente cambiantes, la única
verdad sobre el hombre, esta doctrina entra en diálogo con
las diversas disciplinas que se ocupan del hombre, incorpora sus
aportaciones y les ayuda a abrirse a horizontes más amplios
al servicio de cada persona, conocida y amada en la plenitud de
su vocación. Junto a la dimensión interdisciplinar,
hay que recordar también la dimensión práctica
y, en cierto sentido, experimental de esta doctrina. Ella se sitúa
en el cruce de la vida y de la conciencia cristiana con las situaciones
del mundo y se manifiesta en los esfuerzos que realizan los individuos,
las familias, cooperadores culturales y sociales, políticos
y hombres de Estado, para darles forma y aplicación en la
historia.
(Centesimus Annus, n. 59)

IV. EL OBJETIVO
DE LA ENSEÑANZA SOCIAL DE LA IGLESIA
25. La Iglesia no tiene modelos para
proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer
solamente de las diversas situaciones históricas, gracias
al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas
concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos
y culturales que se relacionan entre sí (cf. GS, n. 36; Octogesima
Adveniens, nn. 2-5). Para este objetivo la Iglesia ofrece, como
orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social,
la cual-como queda dicho reconoce la positividad del mercado y de
la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de
estar orientados hacia el bien común.
(Centesimus Annus, n. 43)
26. La enseñanza social de
la Iglesia contiene un cuerpo de doctrina que se articula a medida
que la Iglesia interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia,
a la luz del conjunto de la palabra revelada por Cristo Jesús
y con la asistencia del Espíritu Santo (SRS, n. 1). Esta
enseñanza resultará tanto más aceptable para
los hombres de buena voluntad cuanto más inspire la conducta
de los fieles.
(CIC, n. 2422)
27. Puede, sin embargo, ocurrir a
veces que, cuando se trata de aplicar los principios, surjan divergencias
aun entre católicos de sincera intención. Cuando esto
suceda, procuren todos observar y testimoniar la mutua estima y
el respeto recíproco, y al mismo tiempo examinen los puntos
de coincidencia a que pueden llegar todos, a fin de realizar oportunamente
lo que las necesidades pidan. Deben tener, además, sumo cuidado
en no derrochar sus energías en discusiones interminables,
y, so pretexto de lo mejor, no se descuiden de realizar el bien
que les es posible y, por tanto, obligatorio.
(Mater et Magistra, n. 238)
28. La Iglesia no propone una filosofía
propia ni canoniza una filosofía en particular con menoscabo
de otras. El motivo profundo de esta cautela está en el hecho
de que la filosofía, incluso cuando se relaciona con la teología,
debe proceder según sus métodos y sus reglas; de otro
modo, no habría garantías de que permanezca orientada
hacia la verdad, tendiendo a ella con un procedimiento racionalmente
controlable. De poca ayuda sería una filosofía que
no procediese a la luz de la razón según sus propios
principios y metodologías específicas. En el fondo,
la raíz de la autonomía de la que goza la filosofía
radica en el hecho de que la razón está por naturaleza
orientada a la verdad y cuenta en sí misma con los medios
necesarios para alcanzarla. Una filosofía consciente de este
"estatuto constitutivo" suyo respeta necesariamente también
las exigencias y las evidencias propias de la verdad revelada.
(Fides et Ratio, n. 49)
29. La doctrina social de la Iglesia
se desarrolló durante el siglo XIX, cuando se produjo el
encuentro entre el Evangelio y la sociedad industrial moderna, con
sus nuevas estructuras para la producción de bienes de consumo,
su nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad,
sus nuevas formas de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la
doctrina de la Iglesia en materia económica y social da testimonio
del valor permanente de la enseñanza de la Iglesia, al mismo
tiempo, da el sentido verdadero de su Tradición siempre viva
y activa (cf. CA, n. 3).
(CIC, n. 2421)
30. La doctrina social de la Iglesia
no es, pues, una "tercera vía" entre el capitalismo
liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa
a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene
una categoría propia. No es tampoco una ideología,
sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta
reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre
en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe
y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar
esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que
el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación
terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia
la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito
de la ideología, sino al de la teología y especialmente
de la teología moral.
(Sollicitudo Rei Socialis, n. 41)
31. Cierto que no se le impuso a
la Iglesia la obligación de dirigir a los hombres a la felicidad
exclusivamente caduca y temporal, sino a la eterna; más aún,
"la Iglesia considera impropio inmiscuirse sin razón
en estos asuntos terrenos" (Ubi Arcano Dei Consilio, n. 65).
Pero no puede en modo alguno renunciar al cometido, a ella confiado
por Dios, de interponer su autoridad, no ciertamente en materias
técnicas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados
ni es su cometido, sino en todas aquellas que se refieren a la moral.
En lo que atañe a estas cosas, el depósito de la verdad,
a Nos confiado por Dios, y el gravísimo deber de divulgar,
de interpretar y aun de urgir oportuna e importunamente toda la
ley moral, somete y sujeta a nuestro supremo juicio tanto el orden
de las cosas sociales cuanto el de las mismas cosas económicas.
(Quadragesimo Anno, n. 41)
32. La doctrina social, especialmente
hoy día, mira al hombre, inserido en la compleja trama de
relaciones de la sociedad moderna. Las ciencias humanas y la filosofía
ayudan a interpretar la centralidad del hombre en la sociedad y
a hacerlo capaz de comprenderse mejor a sí mismo, como "ser
social". Sin embargo, solamente la fe le revela plenamente
su identidad verdadera, y precisamente de ella arranca la doctrina.
(Centesimus Annus, n. 54)

V. EVANGELIZACIÓN
Y ENSEÑANZA SOCIAL DE LA IGLESIA
33. La "nueva evangelización",
de la que el mundo moderno tiene urgente necesidad y sobre la cual
he insistido en más de una ocasión, debe incluir entre
sus elementos esenciales el anuncio de la doctrina social de la
Iglesia, que, como en tiempos de León XIII, sigue siendo
idónea para indicar el recto camino a la hora de dar respuesta
a los grandes desafíos de la edad contemporánea, mientras
crece el descrédito de las ideologías. Como entonces,
hay que repetir que no existe verdadera solución para la
"cuestión social" fuera del Evangelio y que, por
otra parte, las "cosas nuevas" pueden hallar en él
su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral.
(Centesimus Annus, n. 5)
34. Lo que cuenta aquí, como
en todo sector de la vida cristiana, es la confianza que brota de
la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas
de la misión, sino Jesucristo y su Espíritu. Nosotros
únicamente somos colaboradores y, cuando hayamos hecho todo
lo que hemos podido, debemos decir: "Siervos inútiles
somos; hemos hecho lo que debíamos hacer" (Lc 17, 10).
(Redemptoris Missio, n. 36)
35. Quiero proponer ahora una "relectura"
de la encíclica leoniana, invitando a "echar una mirada
retrospectiva" a su propio texto, para descubrir nuevamente
la riqueza de los principios fundamentales formulados en ella, en
orden a la solución de la cuestión obrera.... De este
modo, no sólo se confirmará el valor permanente de
tales enseñanzas, sino que se manifestará también
el verdadero sentido de la Tradición de la Iglesia, la cual,
siempre viva y siempre vital, edifica sobre el fundamento puesto
por nuestros padres en la fe y, singularmente, sobre el que ha sido
"transmitido por los Apóstoles a la Iglesia" (San
Ireneo, Adversus Haereses I, 10), en nombre de Jesucristo, el fundamento
que nadie puede sustituir (cf. 1 Cor 3, 11).
(Centesimus Annus, n. 3)
36. La presentación del mensaje
del Evangelio nos una contribución opcional para la Iglesia.
Es un deber que le incumbe en razón del mandato del Señor
Jesús, de manera que todos los hombres puedan creer y ser
salvados. Este mensaje, en efecto, necesario. Es único. No
puede ser suplido.
(Evangelii Nuntiandi, n. 5)
37. Hemos sido enviados. Somos enviados:
estar al servicio de la vida no es para nosotros un motivo de vanagloria,
sino un deber, que nace de la conciencia de ser el pueblo adquirido
por Dios para anunciar sus alabanzas (cf. 1 Pt 2, 9). En nuestro
camino nos guía y sostiene la ley del amor: el amor cuya
fuente y modelo es el Hijo de Dios hecho hombre, que "muriendo
ha dado la vida al mundo" (cf. Misal Romano, Oración
antes de la comunión). Somos enviados como pueblo. El compromiso
al servicio de la vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad
propiamente "eclesial", que exige la acción concertada
y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras de la
comunidad cristiana. Sin embargo, la misión comunitaria no
elimina ni disminuye la responsabilidad de cada persona, a la cual
se dirige el mandato del Señor de "hacerse prójimo"
de cada hombre: "Vete y haz tú lo mismo" (Lc 10,
37).
(Evangelium Vitae, n. 79)
38. Todos juntos sentimos el deber
de anunciar el evangelio de la vida, de celebrarlo en la liturgia
y en toda la existencia, de servirlo con las diversas iniciativas
y estructuras de apoyo y promoción.
(Evangelium Vitae, n. 79)

|